INTERMEDIO

HIGINIO "PELÓN" SOBERA DE LA FLOR

GIGOLÓ POR AFICIÓN, ASESINO POR VOCACIÓN

Por: Mario Villanueva S.

— ¡Mary, recuerde que no puede asomarse al ropero de la recámara del joven Higinio, todo lo que hay que lavar está en la cama!

— Está bien señora, nomás lo que está en la cama…

Mary, María López González, era una joven como de 20 años nacida en Nicapa, Pichucalco, Chiapas, que trabajaba en la casa de la familia Sobera de la Flor, en la colonia Roma Sur; estaba de entrada por salida, estaba embarazada de Bertha, la primera de dos hijas.

— Señora, ya me voy, terminé con todo lo que me encargó; vengo pasado mañana, ¿está bien que llegue a las 7 de la mañana?

— No Mary, acuérdese que es sábado y mi hijito se levanta más tarde; mejor la espero a las 9 y media… se viene desayunada, ¡eh!

— Está bien señora, nos vemos el sábado, Dios mediante…

Mary siempre se preguntó por qué los fines de semana había una bolsa con ropa de mujer –manchada de tierra o de un verde desteñido como cuando uno se hinca y arrastra en el pasto— para lavar pero nunca lo hacía ella, sino la señora de la casa en un hermetismo lacónico; le era más extraño que, frecuentemente, esos vestidos paraban en el ropero del joven Higinio… Le llamaba aún más la atención, pero nunca se detuvo en meditar, por qué algunos de esos vestidos tenían manchas de un rojo carmesí vivaz.

Mary vivía muy cerca de la casa de los Sobera de la Flor, en las calles de Bajío cerca de Obrero Mundial.

— Mary, solo a ti se te ocurre trabajar con esa gente, eres la única que se atreve, son personas muy raras, sobre todo el muchacho ése, siempre con su mirada perdida, profunda, con la locura saliéndosele como fuego de los ojos… ya ves todo lo que dicen de ellos, quién te manda…

— ¡Ay Teresita, ¿qué puedo hacer con esta panza?! La señora es bien buena gente, nadie me aceptaba así, en cambio ella hasta seis cincuenta me da cada que voy y luego hasta me convida de comer…

Higinio Sobera de la Flor nació en la Ciudad de México; su padre, de origen español, se dedicaba al comercio. Desde la infancia, Higinio mostró una personalidad inestable y extraña: de pronto hacía ademanes raros con las manos y ruidos guturales lúgubres, o bien emitía sonidos incomprensibles y presentaba una actitud a la defensiva porque creía que la gente quería atacarlo. Amaba a los gatos.

— Buen día joven Higinio

— Mmmm… burrsjamdi mmm ¡shhhhh!...

— Mary, no moleste al niño, mejor venga acá y póngase hacer algo de provecho… por cierto, ya le dije que no se ande asomando en ése ropero…

— Sí señora, está bien…

— ¡Bishito, bishito, bishito! Ven, ven chiquito… jajajajaja

Su madre restaba importancia a todo eso y acusaba a sus vecinos de “mal nacidos que no tienen nada qué hacer más que inventar cosas de la gente de buena familia como nosotros”.

— Pobrecito de mi hijito, lo que pasa es que la gente es mala, él es incapaz de hacerle daño a alguien, es muy tranquilo y cariñoso… la gente dice cosas feas de él porque le tienen envidia y porque él no es convencional como los hijos prietos de toda esta chusma…

De allá de 1950, el reportero de nota roja Alberto Ramírez Aguilar, recordaba una anécdota acerca de Higinio Sobera de la Flor. Se refería a él como un personaje pintoresco, letal y más loco que una cabra. El reportero atesoraba un acontecimiento que arrojaba más información que cualquier test psicológico aplicado al “Pelón” Sobera. Ramírez Aguilar gustaba de relatar que, en una ocasión, tal como acostumbraba, Higinio Sobera se fue de juerga. Ya de madrugada, acompañado de unos amigos casuales, al salir de una fiesta y subir a su auto convertible del año, inició una plática poco común mientras pisaba el acelerador a fondo:

— Tú eras piloto, ¿verdad?
— Sí…
— ¿Y no te da miedo volar?
— Al contrario, en el aire es donde mejor me siento.
— Ah, ¿sí? Pues entonces vamos a volar todos…

Y en una curva pronunciada enfiló hacia el vacío; el auto volcó y los pasajeros sufrieron fuertes golpes; sorpresiva pero afortunadamente, no hubo decesos. La policía solo dijo que había sido una puntada de borrachos y una extravagancia de Sobera.

Higinio Sobera ganó el mote de “Pelón” porque se rapaba la cabeza bajo el argumento de que al crecerle el cabello le causaba fuertes jaquecas; por eso, también, acostumbraba usar una gorra de cuadros. Reportes de la época, luego de que fue capturado por la policía capitalina, indicaban que Higinio estuvo internado en el Hospital Floresta, donde los médicos le diagnosticaron esquizofrenia. Incluso, un hermano de él igualmente padeció de trastornos mentales, por lo que estuvo recluido por años en un manicomio de Barcelona.

Aunque estudió contaduría en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Higinio no necesitó trabajar pues disfrutaba de la fortuna de su familia y se daba una vida de lujos. Herencia de su padre, “El pelón” era un hombre lascivo por lo que no resistía la tentación de pasar las noches en los centros nocturnos y cabarets de moda, acompañado de prostitutas a las cuales, según declaraciones de personas que lo conocieron y que fueron interrogadas a su captura, “era atento con ellas, a excepción de una a la cual lanzó desde su auto cuando iba aún en movimiento”. Uno de sus lugares favoritos fue el Waikiki, y gustaba del alcohol, todo tipo de drogas, sexo y le fascinaba la marihuana.

La historia criminal de Higinio Sobera de la Flor fue vertiginosa. Cuando menos la conocida, registrada por las autoridades y la contada por el periodismo de nota roja. Sucedió en un lapso de cuatro días. Arrancó la tarde del sábado 10 de marzo de 1952 y concluyó el martes 13. En esos días El Pelón Sobera enloqueció frente a la dependiente de perfumería de un hotel, se decía a sí mismo “tengo que matar a alguien” y salió corriendo como si lo persiguieran.

Después de deambular por las calles, entró a un bar de avenida Juárez y ahí volvió a estallar contra el mesero cuando le solicitó se quitara la gorra, entonces lo insultó, apuntó con la pistola y salió corriendo a la calle sin dirección ni sentido. Volteaba hacia un lado y otro, con las pupilas dilatadas, transpiraba frío, la gorra lucía desarreglada.

El domingo 11 de marzo al mediodía, la rutina aparentaba seguir el protocolo semanal. Afloró su deseo por el amor de vendimia. Era muy temprano para encontrar alguna comerciante pública. De pronto, otro automovilista interrumpió accidentalmente el trayecto de Sobera de la Flor. Era el capitán del ejército mexicano, Armando Lepe Ruiz, tío de la actriz Ana Bertha Lepe. Se escucharon algunos insultos de parte del militar: “¡Le estoy pidiendo el paso, idiota!”.

El Pelón Sobera reaccionó encrespado, siguió el auto de Lepe hasta alcanzarlo en la esquina de Insurgentes y Yucatán, donde descendió de su convertible, desenfundó la escuadra y la vació sobre Lepe. La acompañante de la víctima, María Guadalupe Manzano López solo recibió el impacto de un proyectil que lesionó su dedo anular derecho. Sobera no vaciló en huir de ahí. Casi al ingresar en el hospital, Armando Lepe murió y la noticia acaparó los principales espacios de los medios de comunicación.

La información describía a “un hombre joven, de barba crecida, aspecto desaliñado y con una cachucha que le tocaba la cabeza”. Un testigo ocular señaló el 76-115 como las placas del auto conducido por el agresor y un oficial de tránsito vio a Higinio cuando, en su fuga, se pasó un alto. Los registros de tránsito guardaban la fotografía de Higinio, un hombre de 24 años. Cosa extraña, antes de ser apresado, Higinio tuvo incidentes con la policía pero no era detenido.

El Pelón regresó a su casa y se recluyó en su cuarto. El cuadro era tétrico. Entra la madre y se topa con un Higinio aturdido, de mirada perdida, sentado a la orilla de su cama, con el arma homicida en mano y fuera de la realidad. Parecía no tener sensaciones ni emociones, solo impulsos: gritos desaforados, risas descontroladas, silencios fúnebres… La señora De la flor supuso que era uno de eso momentos de desequilibrio repentinos.

— Mary, Mary, ya vio, es el joven Higinio que está en todos los periódicos, lo busca la policía, parece que hizo algo muy grave, ¡qué bueno que usted se fue de esa casa a tiempo! ¡Le debe la vida a su niña!...

La madre de Sobera también entendió lo que pasaba pero solapó a su hijo; escondió la pistola asesina y le dio otra. Ideó el plan de mandarlo al mismo psiquiátrico que a su hermano en Barcelona. En tanto, trató de enclaustrarlo en un hotel de avenida Reforma pero fue inútil porque el inquieto Higinio lo abandonó para saciar su hambre criminal.

Ya era lunes. En una parada de camión se hallaba la siguiente víctima. Una jovencita se dirigía a su casa después de salir del trabajo. Hortensia López Gómez vivió momentos terroríficos dentro de un taxi y frente a un chofer confundido que subestimó lo que veían sus ojos hasta que presenció cómo Hortensia recibía las tres balas que le quitaron la vida. Los intentos del taxista por llamar la atención de la policía fueron infructuosos. Los papeles cambiaron. Todo indicaba que él sería el nuevo mártir.

Una vez que, en un tramo de la carretera a Toluca abandonó al chofer, Sobera condujo el taxi hasta un poblado conocido como Palo Alto. Pagó una habitación en un motel de paso. Adentro, la desnudó, quitó todo rastro de sangre, la acostó, se desnudó y tuvo sexo con el cadáver. Abrazó a la difuntita, se quedó dormido. Despertó y repitió el ritual lascivo.

La mañana del martes 13 de marzo de 1952, después de que unos campesinos dieran aviso a la policía de Cuajimalpa que un taxi abandonado tenía dentro a una joven asesinada, el coronel Silvestre Fernández, jefe en turno del Servicio Secreto, aprehendió a Higinio “Pelón” Sobera de la Flor en el Hotel Montejo de avenida Reforma. Hacía alarde de haber matado a Hortensia, e incluso hacía bromas de mal gusto sobre la situación.

El destino final de Sobera de la Flor estuvo en El Palacio Negro de Lecumberri. Los días que pasó ahí presentaban a un Higinio deplorable, totalmente fuera de sí, comía su excremento, dejó de asearse, bebía sus orines… Un día fue llevado al Centro Médico pues se encontraba en estado catatónico. Tiempo más tarde, regresó a la casa de su familia, una enfermera lo vigilaba día y noche, sus últimos días de vida los pasó amarrado a una silla de ruedas…

“No era feo”, me decía Mary, mi abuelita, cuando la imagen del Pelón Sobera le venía a la memoria en una ocasión en que fui a visitarla y platicábamos de su juventud… pero también decía de mí: “el gordo es hermoso”.

Luego de un breve silencio, dijo: “Nunca noté nada raro, parecía amable, casi no hablaba; lo veía poco en la casa…”, entonces fue lo último que Mary recordó de aquélla época. Empezamos a hablar de su pueblo natal. Dos meses después, el 30 de noviembre de 2007, Mary cerró sus ojos para no volverlos abrir.

Director General: Alejandro Leal - Editora en Jefe: Lucía M.Valle

Colaboradores: Ana Carla Díaz, Mario Villanueva S. y Perla Schwartz. Asistente Editorial: Maricela Olmos.

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