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Editora en Jefe: Lucía M.Valle
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Por:
Alejandro Leal (ENVIA
UN COMENTARIO)
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La Guerra Fría terminó y el nuevo enemigo a vencer por los héroes hollywoodenses post 11-S es el terrorismo internacional. Pero con el falso resquemor de la Meca del cine en cuanto a abordar abiertamente (por ahora) el tema, "Malas Compañías" evita a los talibanes (y los que se acumulen en la cruzada antirterrorista como lo es hoy Hussein) en la etiquetación de "enemigos del mundo libre" (discursete sobre el que se sustenta el argumento del filme), y se lanza a una ficción que ubica como villanos de la trama a terroristas (de la mafia rusa incluso) radicados en la República Checa.
En
este contexto, "Malas Compañías" plantea una operación de la CIA para recuperar
una bomba nuclear portátil cuyo destino final sería (obviamente) explotar
en Manhattan. Vemos a un irreconocible Chris Rock (no por su buena actuación,
sino por su imposibilidad de representar un rol serio) como un agente infiltrado,
quien a primeras de cambio es asesinado al salvar a su compañero de la agencia
(Anthony Hopkins), quien en adelante ha de buscar al hermano gemelo de aquél
(Rock también), para instruirlo en las artes del espionaje y lograr en nueve
días que lo suplante.
Es
en este momento cuando la personalidad siempre repetitiva de Rock sale a flote
al mostrar su supuesta gracia reflejada en la transformación de don nadie
revendedor de boletos experto en ajedrez (habilidad metida con calzador a
la anécdota para justificar el final de la cinta) hasta convertirse en un
refinado agente de la CIA, lo cual por cierto nunca logra por lo extrovertido
de su personaje y, resulta obvio, porque esa es la imagen que lo hace atractivo
para los productores.
Así, una anécdota que podría haber sido desarrollada como una historia formal de espionaje desemboca en simple trampolín para el lucimiento de este comediante, en un filme que si bien no es una franca comedia sí está diseñado para que Rock exhiba su ya muy conocida imagen de tipo simpático, que de tan sobada en otras películas ya no resulta divertida, mucho menos en esta intentona de mezclar espionaje, acción y humor.
Pero
lo más inexplicable de "Malas Compañías" es el convertir en patiño de Rock
a un actor tan fuera de contexto como Anthony Hopkins, cuya relevancia (y
dignidad) histriónica queda en entredicho al andar por ahí como regordete
agente de la CIA (con gorrita y playera) corriendo para salvarle el pellejo
al novato agente. Si acaso salva un poco su reputación en aquellas secuencias
en las que aparece como sabio instructor del indisciplinado bisoño. Parafraseando
al título, sería bueno que Hopkins se cuide de las malas compañías.
Hay
un sólo momento en el que el realizador Joel Schumacher (quien desgració la
saga fílmica de "Batman") parece toparse con la oportunidad de redireccionar
su película. Es quizá la única línea del guión que retrata de cierta manera
los odios fundamentalistas que acechan en la realidad a Estados Unidos, y
la inserta disimuladamente hasta poco antes del final de la película, como
para demostrar que ese era el camino que debió (pero no pudo) desarrollar:
"Mientras gente en todo el mundo muere de hambre, ustedes ven sangre en la
televisión y la guerra es sólo un videojuego, hablan de cosas que no entienden
diciéndole a la gente cómo debe vivir, y hablan de Dios, pues ahora es su
oportunidad de conocerlo".
(Estados Unidos-República Checa, 2002) Título original: "Bad Company". Dirección: Joel Schumacher. Guión: Jason Richman, Michael Browning, Gary Goodman y David Himmelstein. Fotografía: Dariusz A. Wolski. Música: Trevor Rabin. Con: Anthony Hopkins, Chris Rock, Gabriel Macht, Kerry Washington, Garcelle Beauvais-Nilon, Matthew Marsh y Dragan Micanovic, entre otros. Duración: 116 minutos.