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Por:
Alejandro Leal
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ADEMAS:
El problema de los niños de la calle es sin duda una cruda realidad mexicana, que dio pie a una puesta teatral del fallecido Jesús González Dávila, tan cruda como la misma realidad. Sin embargo, al ser adaptado este ya clásico de la dramaturgia nacional al cine, bajo el tamiz del debutante cineasta Gerardo Tort la propuesta de De la Calle no se queda más que en un pretexto para que éste pueda filmar su primera película.
De
esta manera, Tort suaviza la trama original, bajo el pretexto de únicamente
narrar la historia de un jovencito callejero que busca pese a cualquier contrariedad
a su padre, con una historia de amor de por medio. Temáticas con las que evade
de la manera más estética posible hacer un verdadero retrato de los niños
de la calle, a quienes por cierto toma como meros extras y si acaso como un
paisaje de fondo para contarnos lo que verdaderamente le interesaba.
Obviamente, lo que Tort no puede evadir en De la Calle es el carácter de esta tragedia, aunque se nota que lo intenta apoyándose en un falso tremendismo embozado detrás de máscaras grotescas que, a pesar de todo, denotan un inherente morbo que evidentemente el realizador se esfuerza en ocultar detrás de la cuidada "maquilladita" casi teatral que le da a la realidad (que ni siquiera Julio Castillo utilizó en su puesta en escena de la obra de González Dávila), que más pareciera un tinglado escenográfico que un verdadero retrato social.
En
suma, la versión cinematográfica de De la Calle pareciera obedecer
a un comportamiento "más papista que el Papa" por parte de Tort en cuanto
a lo visual adaptando el concepto de manera más teatralizada que real, aunque
sin siquiera acercarse un poco al atomentado microcosmos de la puesta original
(más real que teatral), haciendo de su tratamiento un trabajo más cercano
a las sensaciones que como lector le atrajeron del escrito de González Dávila,
mismas que le hicieron perseguir durante 16 años los derechos del texto.
Así, el De la Calle fílmico resulta una versión de lector ávido de presenciar "de lejitos" una cruda realidad que, al momento de ser llevada a la pantalla, más pareciera ser un acto de exculpación, autocensurándose al limitar al nivel de escenas sugeridas las monstruosidades de una realidad innegable, y que de esta manera parecieran condenadas a ser meras fugacidades incidentales, situaciones que en manos de Tort apenas pintan como elementos de sobra, estorbos que el realizador se ufana en minimizar, evadiendo la realidad a toda costa estructurando el conjunto del filme de manera preciosista intentando que la miseria se vea bien, al jugar a las combinaciones de texturas y colores como si se tratara de combinar un traje a la medida.
A
fin de cuentas, es más que evidente el distanciamiento de este filme respecto
a la vida real, aunque más de uno ha de llamarse sorprendido por la aparente
veracidad de la cinta, que no es más que una visión ajena de los verdaderos
niños de la calle, que una vez más son tratados como un paisaje urbano, un
pretexto argumental.
(México, 2001) Dirige: Gerardo Tort. Guión: Marina Stavenhagen (basado en la obra teatral homónima de Jesús González Dávila). Fotografía: Héctor Ortega. Música: Diego Herrera. Con: Luis Fernando Peña, Maya Zapata, Armando Hernández, Vanessa Bauche, Luis Felipe Tovar, Abel Woolrich y Dolores Heredia. Duración: 85 minutos.