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LA CAÍDA

EL HITLER COTIDIANO EN UN FILME IRREPROCHABLE

Por: Beatriz Iacoviello / Corresponsal en Buenos Aires

La Caída es la primera superproducción de la cinematografía alemana que se anima a retratar el nazismo desde una controvertida variable, pero también es una película que nació para generar acaloradas polémicas y un necesario debate ideológico. En ésta se muestra la intimidad y la decadencia de un líder mesiánico como Adolf Hitler (y de su selecto entorno incluyendo a Albert Speer, Eva Braun, Joseph Goebbels, entre otros), que desató una guerra irracional provocando más de 60 millones de muertos, incluidos 6 millones de judíos, miles de gitanos, Tetigos de Jehová, católicos y otras minorías asesinadas en los campos de concentración.

No aceptada en Alemania por los intelectuales y la prensa progresistas, La Caída parece seguir la constante de osados proyectos que también en su oportunidad fueron cuestionados, pero que resultaron comercialmente exitosos. Oliver Hirschbiegel (muy fogueado en el docudrama de TV) fue destrozado en su país (y en buena parte de Europa) por aquellos que cuestionaron la “humanización” del dictador y a la aparente superficialidad de una trama que transcurre durante los bombardeos de Berlín por parte del ejército soviético, entre abril y mayo de 1945.

Tampoco aceptaron el hecho de mostrar al pueblo berlinés como una mera víctima de una cúpula político-militar enajenada, eludiendo así cualquier tipo de responsabilidad por parte de la sociedad civil. En realidad no es tan así. Lo que se desprende del filme es más bien un homenaje al pueblo alemán, a través de una mirada compasiva a esa masa que creyó en un futuro mejor, como creen todos los pueblos que son arrastrados al delirio o a la paranoia por grandes oradores y vendedores de ilusiones.

La Caída es un filme irreprochable en su increíble reconstrucción de época (las escenas de Berlín fueron rodadas en escenarios de San Petersburgo), y por un enorme cuidado en los detalles para incrementar la credibilidad. Su fuerte solidez narrativa le permite sostener, sin caer en el aburrimiento, las dos horas y media que dura la exposición sobre la vida de un hombre cuya locura destruyó gran parte de Europa.

Los 156 minutos transcurren dentro del bunker subterráneo en que los jerarcas nazis pasaron sus últimos días y donde la muerte instaló su trampa. En ese fatídico lugar, el matrimonio Goebbels envenenó a sus seis hijos justificando la decisión con la frase "no dejaré que crezcan en un mundo en el que no exista el nacionalsocialismo", y donde también se suicidaron Hitler y Eva Braum.

La historia parte de las memorias o novela autobiográfica de Traudl Junge (Alexandra María Lara), la secretaria personal de Hitler durante los últimos tres años de su vida. Su escalofriante testimonio fue también la base del notable documental Im Toten Winkel: Hitlers Sekretärin (Ciega: La Secretaria de Hitler, 2002). La novela, como la película, describe con gran patetismo las miserias, las bajezas, el grado de negación, de hipocresía y de megalomanía de buena parte del entorno de Hitler y, como seguramente fue, el miedo que el líder natural –cada vez más alejado de la realidad– infundía entre sus propios colaboradores.

Como si fuera un gran friso de horror en La Caída se muestran fiestas, orgías y bacanales, organizadas por la propia Eva Braun mientras las bombas caían a metros del refugio, el delirio de dar condecoraciones a niños soldados que luego serían abandonados a su suerte, ahorcamientos y fusilamientos a sangre fría, pilas de cadáveres, imágenes de miembros amputados, diálogos y situaciones que evidencian la indiferencia más absoluta por la suerte de una población, a la que el Führer desde lo más profundo de su ser desprecia, porque si el pueblo alemán no era capaz de resistir esa prueba para la cual él lo había elegido, entonces también tendría que hundirse, y él haría todo lo posible para que se hundiera porque no merecía sobrevivir.

La decisión del guionista Bernd Eichinger y de Hirschbiegel de ubicar a cuatro personajes (el humanitario médico Ernst-Günther Schenck, el noble general Monke, la inocente secretaria Junge y un chico que escapa de la muerte en el frente de combate) como contracara del horror que los circunda, no hace otra cosa que acentuar los contrastes entre ellos y la falta de compasión, la locura y la brutalidad de la jerarquía nazi, los despropósitos y desplantes del dictador, a quien en la intimidad incluso se lo presenta como un hombre atento y afable.

Es precisamente esta decisión de mostrar al Hitler cotidiano felicitando al cocinero por unos exquisitos ravioles o besando a su querida Eva Braun la que permitirá al espectador darse cuenta hasta qué punto la enajenación era el estado natural de Hitler, y cómo desde esa óptica pudo manipular a sus hombres, su pueblo y el resto de Europa que lo siguió ciegamente. Cuesta mucho trabajo separar la figura del arbitrario dictador, cuyos horrendos crímenes dejaron perplejo al mundo civilizado, de figura del hombre vencido. A la vez, el espectador podrá darse cuenta hasta qué extremo la enajenación era el estado natural de Hitler.

No obstante los múltiples elogios que despertó la interpretación de Bruno Ganz (y de las acusaciones que recibió de haber “humanizado” a la figura de Hitler), se diría que el suyo es más bien un trabajo previsible, donde siempre se ve más al actor que al personaje. En todo caso, la responsabilidad es de Hirschbiegel, que le permitió a Ganz hacer su unipersonal interpretación. Bruno Ganz estudió y luego incorporó a su personaje la forma de hablar de Hitler y los movimientos de un hombre físicamente agobiado y desgastado, pasando por ataques de ira, pasajes de autismo y los alcances de un avanzado Parkinson. Su composición para construir el personaje la basó en una conversación espontánea, durante una cena informal, grabada por un diplomático finlandés durante siete minutos y que luego sacó secretamente de Alemania. Ganz también interpreta a un Führer que, en ocasiones, puede ser amable con sus secretarias, con niños de Goebbels y su perra Blondie, aunque luego matara (para probar la efectividad del cianuro) con la frialdad más absoluta.

La Caída muestra la visión del poder alemán desde el punto de vista de una joven de 20 años, cuya inocencia le permitió ser liberada durante el Juicio de Nuremberg. En el final, la última frase que pronuncia la verdadera señora Traudl Junge ya adulta (81 años y meses antes de fallecer) la película toma alguna distancia en relación con su visión inocente sobre el laberinto en que vivó tres años y parte de su juventud al decir: “Ser joven no es una excusa para no haber comprendido ciertas cosas, me cuesta mucho perdonarme”.

Al finalizar la película y luego de las declaraciones de Traudl Junge, el espectador se quedará con una cierta sensación de impotencia porque después de sesenta años es difícil comprender que el desvarío de un hombre aún hoy continúa manteniendo adeptos.

La Caída. Título original: Der Untergang. Dirección: Oliver Hirschbiegel. Guión: Bernd Eichinger. Fotografía: Rainer Klausmann. Música: Stephan Zacharias. Actúan: Bruno Ganz, Alexandra María Lara, Corinna Harfouch, Ulrich Matthes, Juliane Köhler, Heino Ferch, entre otros. Duración: 156 minutos. Alemania / Italia / Austria, 2004.

Director General: Alejandro Leal

Editora en Jefe: Lucía M.Valle

Colaboradores: Perla Schwartz, Francisco Javier Quintanar, Ruth Acosta, Orlando Figueroa, Miguel Ángel Hoffmann, Miguel Ángel Irigoyen C., Enrique Vázquez, Fabián de la Cruz Polanco y Bruno Star - Asistente Editorial: Maricela Olmos

Corresponsal en Buenos Aires: Beatriz Iacoviello

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